miércoles, 27 de enero de 2010

¿A QUÉ HUELE MONTECRISTI?


A amanecer, a mojado, a humedad, a sudor frío, intenso, de la mañana. Y también huele a tierra...
A las siete de la mañana, se oye voces de pájaros, muchos pájaros, imaginados y de vez en cuando vistos: unos blancos, otros amarillos y verdes pequeños. Son pacharacas, pavas de monte, pericos cachete gris, loras de frente colorada, olleros, perdices, culebreros, lincheros, caciques.
A esa hora hay ruido de ternuras, estridencia de la Naturaleza.
Quien presta atención, con sus cinco sentidos, en las noches y en las mañanas, solo siente un vibrar de montaña, casi imperceptible, su respiración leve, sus aromas múltiples, sus notas. Por la mañana hay un frío refrescante, para alimentar el aliento. Al mediodía un sopor que endulza la conversación y genera sed. Al caer la tarde se gesta la aventura verbal y el derroche de palabras.
En esa cuna de Eloy Alfaro la gente veía llegar a muchos personajes de la política. Su entusiasmo era tal que muchas casitas o entradas de casas se hicieron cafeterías, modestas y adustas. Conversar con alguno de esos habitantes montecristianos era reconocer una distancia de muchos años con la vida política del Ecuador. Para ellos el mundo era más cotidiando, urgente, precario. Una Constitución era algo ajeno o lejano, utópico y también necesario. Con todo, la presencia de la Constituyente generó entusiasmo, expectativas y, de algún modo, también complicaciones en su vida diaria.
Había una distancia de no más de 500 metros entre Montecristi y Ciudad Alfaro. Corta, pero con el pasar de los días se hizo distante. Montecristi fue, poco a poco, la avenida que conducía a Ciudad Alfaro. Y en ese recinto bullía todo. Si uno mira desde la carretera que lleva a Jipijapa, Ciudad Alfaro se veía como un campamento inmóvil, distante, donde cabía una ilusión potente.
Por el gran escenario de la Constituyente pasó toda la izquierda, toda la derecha, los de vieja data, los jóvenes y los niños: desde esa figura similar a Carlos Marx (gordo, bonachón, con barba cana y abundante), pasando por todas las activistas de los derechos de la mujer y los reproductivos, los y las activistas GLBTI, hasta esos viejos militantes gremiales, sindicales, intelectuales, guerrilleros de vieja data. Hubo momentos únicos e irrepetibles: en un extremo de la carpa del comedor comía Alejandro Moreano y en la otra Alvaro Noboa; en otra ocasión los miembros del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas cargaba las bandejas de comida, con sus edecanes afuera, mientras junto a ellos estaba un grupo de ex guerrilleros de Alfaro Vive; y también hubo alguna vez donde las mujeres más ricas, bien vestidas y engominadas junto a un grupo de mujeres indígenas, venidas desde la provincia de Chimborazo, con sus ponchos y vestimentas que las hacían sudar a borbotones, instaladas ahí para demandar que en la justicia indígena ellas tengan participación. O como en aquella ocasión que llegaron los záparos a plantear que no necesitaban permiso para pasar a Perú, ataviados de todos sus adornos en su hermosa desnudez.
En ese escenario en varias ocasiones tuve la imagen de don Quijote y Sancho Panza o en mi delirio los veía con esos trajes y esas siluetas: el uno, largo, flaco, imponente, conduciendo la Asamblea desde el ideal, la utopía, la ética absoluta, la firmeza de una convicción imposible. El otro, gordito, panzón, más callado, desde la Vicepresidencia, aterrizando cada sueño, midiendo los tiempos y las distancias, calando en la cordura antes que en la ilusión, 'comilón', vital para moverse sin ser visto y activo para no descansar nunca.
Ahí estaban quienes hace 20 años se jugaron la vida pensando que era posible, entonces, construir un país como la nueva Constitución proclama. Soñaban, peleaban, fueron torturados, encarcelados y ¿perdieron? Otros recién llegados hace una década, con otras y las mismas ilusiones, mirando a los más viejos como acólitos y no necesariamente como idénticos.
Además estaban los que llegaban recién bajados de la pasarela, perfumados y perfumadas al extremo. Había uno que llegaba con mucha plata y quiso imponerse con ella, la que sacaba de sus bolsillos y medias para regalar a los pobres de la zona. Había también de esos que conspiraban con no hacer nada. Estaban incluso los que llegan a proteger sus fortunas y otros a defender las fortunas de esos otros. Y también estaban aquellos que se bajaban en Hummer, esos carros blindados construidos para proteger a magnates y hasta a mafiosos.
A diferencia de hace 20 años, el ideal era concreto, palpable. Ahora teníamos el mismo y más ideales, pero sabíamos que había que hacerlo realidad en la cotidianidad, en cada acto. Lo mismo políticos, periodistas, activistas, dirigentes y todos y todas los que teníamos y tenemos ganas de cambiar el Ecuador imposible.
Entre la Constitución ideal y la Constitución posible, había que definirse: solo era posible la Constitución posible, para un país posible. La Constitución posible no es el ideal de nadie. Igual que hacer un partido o un movimiento ideal hay que plantearse el partido y el movimiento posible. Igual que el periodismo: solo se hace lo que es posible y dado hacer, no idealizar los hechos. Están para ser contados y revelados.
Muchas veces salí de allí de madrugada. Uno de los últimos en salir. No siempre cansado: casi siempre excitado, con una vibración interna sin explicación. Y huelo, siempre huelo todo. A esas horas la sensación es de humedad sabrosa por todas partes. Miro a la montaña, al Monte Cristo, y la oscuridad ilumina todas las emociones, las contradictorias, las rabiosas, las de idealismo sin explicación. En esa pared escabrosa oscura imagino este futuro. En ese muro de montaña queda fija la memoria de ocho meses, quizá los más intensos de mi vida periodística.
Una de esas madrugadas salimos a las 08:00. Se había votado la nueva Constitución. Estaba aprobada. Sin saber de lo ocurrido, en la entrada estaban mis padres, mi hermana y sus hijos. Me esperaban. El abrazo de mi padre fue toda una bendición, al pie del Monte Cristo. “Vaya mijo, descanse”. Salí a la luz intensa de Montecristi y volví a ver la montaña. Ahí estaba todo escrito, escuchado, sentido, debatido. Esos muros, esos árboles y ramas escucharon todo, vibraron. Salíamos con una Constitución en el alma.
Montecristi, Ciudad Alfaro, es y fue un campamento guerrillero de esta nueva época: a las ideas les cobija el monte, a la utopía el aroma de la hierba y a la felicidad el sonido de la infinidad de pájaros.

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