miércoles, 27 de enero de 2010

LA ASAMBLEA CONSTITUYENTE SE PARTE ¿EN DOS?


Se miran y ya no tienen más de que hablar. Se ha dicho todo. Se han dicho poco, pero es suficiente. Rafael Correa se retira con los ojos llenos de lágrimas. Con dolor y rabia. Sube al avión, desde la Base Aérea de la Fae, en Manta. Regresa a Quito molesto, preocupado, inseguro de lo que ocurrirá en las próximas horas y días. Su equipo de seguridad, más que nunca, está en absoluto silencio. Pero ya hay una decisión tomada, compartida a pesar de lo no dicho. Los hechos mandan: Acosta se hace a un lado y deja la presidencia de la Asamblea Constituyente a Fernando Cordero.

Una hora y media antes habían almorzado con los asambleístas de PAIS. En la mesa central Alberto Acosta y Rafael Correa. No hablaban mucho. Un encuentro tenso, cargado de miradas cruzadas, de aquellos asambleístas que buscan al 'Presi' para todo, en especial, para sus demandas personales. Por la mañana Correa fue al pleno de Ciudad Alfaro para hablar de cómo enfrentar la inflación y los efectos del crudo invierno, dentro de un contexto internacional que se advertía grave. Entre otras cosas advierte: “La situación es tremendamente riesgosa y puede derivar en una grave crisis”.

Casi al terminar el almuerzo, toma la palabra Correa y adelanta que han conversado con Acosta y han llegado a la conclusión de que es imperativo hacer lo que sea para terminar a tiempo la Constitución. Todos de acuerdo, todos comprometidos. Palabras más palabras menos, hay un acuerdo implícito. En las mesas se cuchichea, se hacen cuentas. Toma la palabra Acosta y dice que el domingo no se puede convocar a sesión, porque se requieren 72 horas para una convocatoria extraordinaria. La cara de Correa cambia de actitud. En la mesa, junto a mí, Augusto Barrera dice algo así: “Ahí está de nuevo el Alberto. No entiende”. Los que lo rodean miran hacia la mesa central y advierten que algo se jodió.

Todos regresamos a Montecristi. Se instala la sesión a las 15:55. Correa se queda en la Base Aérea con Ricardo Patiño y Augusto Barrera. Analizan la posición de Acosta. Hablan durante casi una hora y deciden llamarlo.

Ese jueves 19 de junio, a las 16:14, Alberto Acosta encarga la presidencia a Fernando Cordero, porque “tenía que atender un imprevisto”. Cuarenta minutos después regresa al pleno de la Asamblea. Entre Ciudad Alfaro y la Base Aérea, en auto, con escolta, no se hace más de 15 minutos. De ida y vuelta 30. Es decir que la reunión, exagerando, no duró más de 10 minutos. Los presentes dicen que no pasó de cinco.

En el pleno se discute el derecho de los extranjeros para votar, el de los jóvenes.

Su mirada está perdida. Sus pasos, más que otras veces, son ágiles. Su escolta sabe que algo grave ocurre. Llega a la sesión apresurado. Dirige la sesión, pero no está concentrado. ¿Su rigidez es prueba de debilidad, de incomodidad con él mismo? Aparenta que todo está en orden. No habla con nadie.

El martes 17 y el miércoles 18 no fue a Montecristi. Alberto Acosta tampoco asistió a la presentación del presidente Correa, en la mañana del jueves 19 de junio. Solo luego del almuerzo en la Base Aérea regresa y es recibido con emoción por Galo Lara. Festeja el retorno de “mi presidente”. El asambleísta de Sociedad Patriótica exhibió, los días previos, carteles con la siguiente frase “¿Dónde está mi presidente?”.

¿Qué hizo esos días Alberto Acosta? Me contó que necesitaba dos días para arreglar algunas cosas pendientes en Quito. Encargó la presidencia a Fernando Cordero. No contestaba llamadas. El miércoles habló con Correa en Carondelet, mientras veían el partido de fútbol por las Eliminatorias, entre Ecuador y Colombia. Ahí hablaron ya del tiempo que tomaría terminar la Constitución.
La versión de algunos miembros del buró político de PAIS es que en esa conversación Acosta señaló la imposibilidad de acabar a tiempo sin afectar la calidad del debate y de los textos constitucionales y que ahí Acosta soltó la frase de que si él no era la persona para cumplir con ese plazo, él se hacía a un lado. Claro, la posición del presidente era que si no se terminaba a tiempo era un error político grave, la oposición iba a desconocer todo. La de Acosta que no se podía hacer una Constitución al apuro, que si hacía falta tiempo él se encargaría de hablar con la oposición.


Dos días después del almuerzo en la Base Aérea, Acosta da una rueda de prensa del sábado 21 de junio, una vez que concluyó la sesión extraordinaria del Pleno, pasadas las 13:00. Al escucharlo me quedé preocupado. Volví a revisar las declaraciones de Alberto. Algo había en ellas que no cuadraba. Llamé a Fernando Cordero, pero él estaba por Cuenca, un pariente suyo había fallecido. Quería entender qué estaba pasando. Suponía que el Corcho tendría alguna explicación. Hablé del tema, durante el almuerzo, con María Paula Romo, Tania Hermida y María José de Luca, en el restaurante Martinica, en Manta. Les confesé que me preocupaba mucho la actitud de Alberto. "Algo le está pasando". Todas mostraron una actitud de duda y de incertidumbre. En la conferencia de prensa Acosta, solicitó a los periodistas que la palabra casi, la escriban entre paréntesis, porque prácticamente es innecesaria. Para él, la Constitución estaba hecha.

Sin embargo, dijo, viene la etapa más compleja y difícil, que representan los últimos debates, sin sacrificar la calidad de los textos y la calidad del debate constituyente. “Hay un plazo pero también la demanda de contar con una Constitución de calidad, en base a un debate abierto, franco, plural, participativo”, recalcó. Sobre la posibilidad de que la Asamblea necesite una prórroga después del 26 de julio, dijo que es un tema de análisis, aunque personalmente consideraba que se debía priorizar la calidad del debate y de la Constitución. La insistencia de las preguntas era signo de que algo no estaba claro. Los periodistas tenemos ese olfato y, desde mi puesto, los veía y anotaba en mi cuaderno estas preocupaciones. Además, había aprendido a conocer de Alberto cuando no quería decir algo. Como siempre: no decía nada o daba la vuelta hasta convencer con su sonrisa.
Y dijo: “La democracia no puede estar apremiada por el tiempo, si queremos una democracia participativa, tenemos que tomarnos el tiempo suficiente para esos debates. Es importante una democracia viva que sea parte de nuestra cotidianidad, de las relaciones diarias y debemos aceptar que la construcción de esa democracia en nuestro país, supone un camino difícil y complejo, que nos obliga a discutir los textos con mucho detenimiento, buscando que sea el pueblo ecuatoriano, el que a la postre salga beneficiado de este debate”.

Anunció que la próxima semana estaría conformada la comisión de redacción y esperaba que de inmediato empiece su trabajo, sin adelantar nombres de sus miembros. No descartó pero tampoco confirmó la posibilidad de trabajar los días domingos, por lo pronto, los sábados si serán de labores normales en Ciudad Alfaro. “También tenemos que proteger el buen vivir de los asambleístas y de todas las personas que trabajamos en la Asamblea, incluyendo los periodistas”, dijo.



A las dos de la madrugada, del lunes 23 de junio, llega un mensaje de una asambleísta: “¿Qué pasó? ¿Por qué renuncia tu jefe?”. Pensé que era una broma o un mensaje a otro destinatario. Antes de las seis la llamo y me cuenta que en el correo interno de la Asamblea está modificado el orden del día, donde se incluye la renuncia de Alberto Acosta. Le llamo a él inmediatamente. No contesta a la primera, en la segunda llamada dice:

“No digas nada, es cierto, ya te explicaré”.

Alrededor de las 06:30, empiezan todas las llamadas de amigos, periodistas, asambleístas. A todos solo atino a decir, con algo de temor, bronca, dolor, nervios y hasta con duda:

“Sí, renunció”.

Y como cuando cayó Gutiérrez, el mensajeo por celulares se intensificó: “No lo puedo creer”, “Es mentira”, “Todo se fue al carajo”, etc. Una asambleísta llora al teléfono y confiesa que ya nada será igual. No me alcanzan las manos para responder a los tres celulares. Todos quieren entrevistas, una versión oficial. Hasta de Colombia hay una llamada de una radio de Bogotá. Hay que cambiarse e ir a Montecristi y aún no son ni las siete de la mañana. El día empezó demasiado temprano y extremadamente tenso.


Esa mañana, la del 23 de junio, en Contacto Directo, de Ecuavisa, está Mónica Chuji y se atribuye la 'vocería' de la renuncia. En sus ojos hay cierta alegría, satisfacción, complicidad. Me llama Josefina Pincay, la productora del programa, y me pide confirmar, al aire, la renuncia. Llamo a Alberto para que me autorice. Ya no contesta. Le llamo a Fernando Cordero. Me dice que sí, que lo sabe desde la noche anterior, que le pidió que no lo haga, pero que ya está. Y me confesó: "No sé qué hacer". Y que yo decida qué hacer con Ecuavisa. Llamo a Carlos Vera y confirmo la renuncia. Se hace oficial la salida de la presidencia de la Asamblea Constituyente, de plenos poderes, de Alberto Acosta, el hombre más poderoso del Ecuador siete meses atrás. Todo en el escenario mediático, como es ahora, como seguirá siendo. Faltan los rituales de la salida y decenas de interrogantes sobre el futuro inmediato de esta Asamblea.


¿Por qué no me lo dijo? Cierto derecho a tener de primera mano la información me puso incómodo, molesto. Un vocero, un secretario de prensa, según la costumbre, es al primero que se le informa. Con Alberto Acosta las cosas no eran así. De hecho, un mes antes de su renuncia, ya no contaba conmigo ni con Isabel Cevallos, su relacionadora pública, para preparar las ruedas de prensa de los jueves, como había sido la costumbre desde diciembre de 2007. Lo hacía con sus dos asesores Hugo Jácome y Paco Rhon Dávila. Mucho menos contaba conmigo para otros menesteres políticos. Yo llegaba media hora antes de la rueda de prensa de los jueves a las 11:00 y ya estaba reunido con sus asesores. Esperábamos en la antesala con Isabel. Nos veíamos a los ojos y las preguntas rondaban. Caminábamos a la Sala de Prensa José Peralta y en medio de las preguntas de los reporteros veía sus anotaciones y, evidentemente, había un libreto inexplicable, nada comunicacional, justificando lo que se advertía: no llegaríamos a tiempo a terminar la Constitución. Algunos reporteros comenzaron a sospechar que algo había pasado entre él y yo. Me hacía el 'loco'. Hacía mi trabajo, más intenso en esos días, más complicado porque se iban aprobando artículos de la nueva Constitución y había que informar al instante para desarmar la campaña de que no había texto constitucional y de que no se alcanzaría a cumplir el plazo.
Esas ruedas de prensa, desde un inicio, eran preparadas con Alberto fijando los temas de la semana, los puntos polémicos, pedía los periódicos, le dábamos estadísticas del proceso constituyente. Era exigente y terco cuando se le proponía o sugería algo con lo que no estaba de acuerdo. En muchas ocasiones nos tomó más de una hora salir a la Sala de Prensa. No quería equivocaciones. Incluso, algunas veces me repitió esta frase: "Soy como el boxeador antes de subir al ring: me concentro y no pienso en nada que no sea lo que voy a hacer, decir". Todo para advertirme que no provocara un ruido más del necesario en el libreto de las ruedas de prensa.
Y ya cuando lo hacía con sus asesores y yo me mantenía a su lado frente a los periodistas hubo dos ocasiones en que los datos no cuadraban, sus asesores no tenían el último cuadro o la nota de algún diario que decía cierta barbaridad. Ahí se contenía y mostraba su furia super controlada. Me regresaba a ver como pidiendo auxilio.

Algo pasaba en Alberto y no había forma de saber. Salvo porque alguna vez confesó sentirse molesto de ir al buró los lunes, no hallaba explicación verídica ni directa. ¿Esa era la razón? No, había un cúmulo de cosas, supongo. Cada día se lo sentía más lejano del bloque. Los del bloque de PAIS tenían más presión sobre su tarea y demandaban de Acosta agilidad, meterse en los líos de las mesas. Unos con razón porque en cada una de ellas había infinidad de problemas y falta de acuerdos. Otros por la pura bronca, sin sentido político o, como ha dicho Correa, porque tenían su propia agenda y también, algunos, por puros vagos.

Quedaba exactamente un mes para cumplir con el mandato del 15 de abril de 2007 y:

 Estaban aprobados 57 artículos finales,
 29 con informe, pendientes solo de la votación final
 11 en las subcomisiones de elaboración de textos para la votación final
 83 listos para el segundo debate
 69 en proceso de elaboración de informes para segundo debate
 48 con informe para primer debate y
 225 artículos en trámite para primer debate.

Por tanto, como el propio Acosta dice en su renuncia: “en la práctica la totalidad del nuevo texto constitucional está lista”.


Una renuncia para seguir adelante... ¿desde atrás?


Todos lo buscaban. ¿Dónde está el Alberto? Ya mismo llega, va primero a dar una rueda de prensa. No, va a hablar con el bloque. No, para nada. Viene con su esposa. Sí, con toda su familia. No, viene solo, desde Quito. Lo buscan de todas partes. En la casa de María Paula Romo se reúnen varios asambleístas. Hay desconcierto. Otros están en Montecristi a la espera de una disposición. Las llamadas y los mensajes por celular llegan por decenas. Los empleados y trabajadores de Ciudad Alfaro comentan con desconsuelo lo ocurrido, piensan que todo se acabó y con ello su trabajo. Preguntan si va a seguir la Asamblea. Alguno llega a afirmar: “Esto no cambia, todos son igualitos”.

Hablo con él, alrededor de las 10:00. Cree que fue un error confirmar su renuncia en Ecuavisa. Pide que organice una rueda de prensa para el medio día. Todo está listo, le digo y solo le pido reunirnos un rato antes de eso.

Llego al auditorio de la Universidad Laica de Manta y hay poca gente. No llegan todos los asambleístas. Quiero saber qué paso, qué hago, con quién hablo, cómo reaccionarán cada uno de los grupos de Acuerdo PAIS. Mis colegas de la Sala de Prensa José Peralta reciben una orden: “Esperen, yo les llamo, mientras tanto sigan ahí, no se muevan”.

Los reporteros buscan la información y los de los canales quieren imágenes de las reuniones, buscan reacciones, lo mismo de siempre. Algunas cámaras se instalan en las afueras de la Universidad. Uno me identifica y me sigue. Le digo que no tengo nada que decir.

El jefe de bloque, Galo Borja llama y recibe incesantemente llamadas. Quiere que el bloque tome una posición sobre la renuncia de Acosta. Los pocos presentes en el auditorio se dividen entre los que quieren que no se le acepte la renuncia y los que piden que sí, que pasemos rápido el trance y sigamos adelante que hay que aprobar la Constitución, que esto solo resta tiempo y complica las cosas. Uno que otro pide que “Alberto venga y nos explique”. Y no faltaron aquellos que se alegraron por la renuncia, se les veía en los ojos. Cobraron una deuda que no tenían saldada. No entendía nada. Esos mismos que hablaban a nombre de la unidad. Hasta hubo una que me dijo que yo ya no tenía nada que hacer allí.

Con unos 40 asambleístas presentes se inicia la reunión y Borja pide que solo estén presentes asambleístas. Yo salgo. Tomo la carretera a Montecristi. En el camino pienso cómo organizar una rueda de prensa para este tipo de eventos, cómo estará Alberto, qué le digo al verle. Verle a los ojos, darle la mano, saludarle, decirle algo, ¿no sería como una lealtad inexplicable? ¿O le digo que me explique todo, punto por punto? No, con él esas cosas no son así. ¿Renuncio inmediatamente con él?

Espero el arribo de Alberto. Son minutos donde decido no responder más llamadas de los medios. Converso con uno que otro en la Sala de Prensa. Sudo como nunca.

Y llega Alberto, después de las 15:00, con su esposa Ana María Varea. La saludo y veo en su mirada una mezcla de desconsuelo y alegría, como si dijera por fin esto se acabó. No sé. Solo dice: “Tenía que pasar”. Entro a la presidencia, estrecho la mano de Alberto, su sonrisa es limpia y diáfana. Su voz firme. Me dice:

 Tranquilo, esto sigue adelante.
 ¿Qué hacemos?
 Nada, avisa a los medios, yo te digo cuándo salgo.

Le cuento que el bloque está reunido en Manta, que algunos esperan por él para hablar, para saber los motivos de la renuncia. En un lapso no mayor de 20 minutos revisa, presuntamente, su carta de renuncia, contesta una que otra llamada. En ese lapso, varios asambleístas llaman y me piden que le diga a Alberto que baje o que les espere para salir juntos a la rueda de prensa. Es más algunos me exigen que no le deje salir solo a hacer pública su renuncia. Una, incluso, llora al teléfono. Le pido que espere, que es mejor salir con el bloque. Son minutos en los cuales la mayor parte pasamos colgando llamadas, leyendo mensajes. Pide café a Verónica, su asistente. Ni siquiera lo toma. Apenas un sorbo de agua.
Es un momento intensamente tenso, tengo lágrimas en los ojos y no sé qué mismo decirle a un Alberto difícil de convencer.
El hasta entonces presidente de la Asamblea pregunta cuánto debe esperar para que lleguen sus compañeros. Le digo que unos 15 minutos. Me avisan por teléfono que la sala de prensa está llena a reventar, que la transmitirán en vivo por Ecuador TV. Les pido paciencia, que ya salimos, paciencia. Imposible paciencia frente a la necesidad de oír la versión de la propia voz del actor principal de este momento.

Tras largos minutos de espera, alrededor de dos horas, decide que no, que sale solo, pero en la salida de la presidencia hay asambleístas de Pachakutik, de la RED y los de la oposición festejan su aparecimiento. En el camino muchos le estrechan la mano. Pepe Cuenca, el joven Down, se abraza de él y le repite, como tantas veces: “¡Padrino!”. Otros miran desde lejos. Observo cada gesto, cada reacción y cómo las miradas hablan y mandan mensajes. Camina de la mano de su esposa, como dos enamorados jóvenes, así los ví siempre.

Efectivamente la Sala de Prensa José Peralta está completamente llena. Ya no tengo el espacio que me permitía organizar las demandas de los periodistas. Me quedo parado a un lado y observo. Y pienso al mismo tiempo, qué estará pasando en la Universidad de Manta.

Y, como se evidenció en las tomas de televisión y en las fotografías, da la rueda de prensa sin un solo asambleísta de PAIS, junto a su esposa Ana María Varea y León y Martha Roldós, Luis Hernández, César Grefa, Carlos Pilamunga, Diego Borja, Rafael Esteves, Pedro Morales y Gilberto Guamangate.


En el auditorio de la Universidad de Manta había otra tensión enorme: mientras Ricardo Patiño explicaba a sus compañeros que la decisión de Alberto era personal y se la debía respetar como tal, había otros asambleístas que demandaban una explicación más amplia. Cerca de dos horas duró esa discusión, lapso en el que se iban integrando algunos asambleístas. Al mismo tiempo, voces de algunos demandaban la presencia de Alberto Acosta y lo llamaban. Hasta que en la pantalla del auditorio se mostraron las imágenes de la rueda de prensa. ¿No había vuelta atrás? ¿Todo estaba consumado? Brotaron las lágrimas de algunas asambleístas, la rabia contenida de otros. En absoluto y tenso silencio escucharon las palabras de Alberto.


Después de admitir que pudiera ser la última rueda de prensa como Presidente de la Constituyente, Acosta precisó que era un momento muy duro y muy difícil: “Personalmente lo estoy asumiendo con la responsabilidad del caso y consciente de que esta decisión, lo único que tiene que hacer, es abrir la puerta para resolver cualquier problema que exista y que nos permita concluir la Constitución de la mejor manera posible”.

“Estoy convencido que todas las personas aquí presentes, todos los compañeros asambleístas y extraño a los compañeros del bloque (Acuerdo PAIS), que están este rato en una reunión en la ciudad de Manta, de lo contrario estarían aquí conmigo, estamos haciendo todo nuestro mejor esfuerzo, para dar una respuesta al pueblo ecuatoriano, esa nueva Constitución que tiene que ser la oportunidad de introducir los cambios estructurales, que tanto ansia la sociedad y que tanto necesita nuestros hijos y nuestro nietos... Insisto, extraño este rato a todos mis compañeros y compañeras del bloque, que estarán por llegar algunos en pocos minutos, pero quiero ser puntual con la hora convenida para la rueda de prensa”.

Explicó las razones para su decisión: "No creo que se deba sacrificar el debate, la deliberación, la apropiación e identificación con el proceso, la claridad y la calidad de los textos, a la premura de los tiempos. Reconozco que tenemos un plazo que cumplir, pero reconozco también que tenemos que entregar una Constitución de calidad, que pueda ser luego, transformada en la práctica, en mejores condiciones de vida para todos los habitantes del país".

Y acotó: “Esta disposición y posición personal mía, de no sacrificar el debate por la premura del plazo, no es compartida en sus alcances y con lo que ello significa en tiempos, por la mayoría de la cúpula de Acuerdo País, movimiento al cual pertenezco y al que reafirmo mi adscripción, soy parte del buró político y ese buró político, al retirarme de facto su apoyo, me ha solicitado dar paso a otra dirección que apresure la aprobación de los textos para cumplir con la fecha tope del 26 de julio... Respeto como el que más su decisión. Soy una persona que forma parte de un proceso democrático y no impongo mi voluntad sobre la posición o voluntad de la colectividad. Por ello, teniendo presente que lo fundamental es la nueva Constitución, el proceso para tener una nueva Constitución, ese proyecto de vida en común que todos los ecuatorianos tenemos, más allá de las legitimas posiciones ganadas por la votación popular, la mía fue muy alta, sin intentar siquiera provocar como en otras épocas, una pugna de poderes, eso no lo voy hacer, de ninguna manera y sin dar paso a una posible división de mi bloque, a la más mínima división dentro de mi bloque de Acuerdo País, estoy presentando, mañana espero hacerlo en el Pleno de la Asamblea Constituyente, mi renuncia”.

Al terminar hay aplausos, lágrimas y estrechones de manos. Hay como un desahogo, una respiración honda. Alberto se va con su esposa. Me despido y me pide que siga adelante, en mi cargo, que las cosas “no tienen mucho que cambiar en la Asamblea”.
Sin embargo, Alberto decide ir a la Universidad de Manta a hablar con sus compañeros de PAIS. Tomo mi auto y sigo a la caravana. Entro casi a empellones al auditorio.

Al terminar la rueda de prensa en Montecristi, en ese auditorio hubo un desconcierto total.
¿No era verdad que Alberto se iba por cuenta propia? ¿Dónde quedaban las palabras de Ricardo Patiño frente a la declaración de que fue el buró el que pidió la salida de Acosta? Reclamos, preguntas, aclaraciones, etc.

Sereno, sonriente, animado, más suelto y tranquilo Alberto explicó al bloque su decisión y aclaró que a pedido del Buró, en vista de que no era posible, bajo su conducción, culminar dentro del plazo la elaboración de la Constitución, renunciaba. Que no había marcha atrás, pero algún asambleísta planteó que se podía rever su decisión. No, definitivamente no. Durante varios minutos se debatió intensamente y se pidieron aclaraciones sobre lo que estaba ocurriendo “por fuera del bloque”, que se tomaban decisiones sin consultar a los involucrados.

La mayoría de asambleístas reunidos en ese auditorio cambió el panorama: cada uno en sus intervenciones decía que estaban dispuestos a cualquier sacrificio para terminar a tiempo la elaboración de la Constitución, "con Alberto Acosta" al frente. Incluso, uno dijo que por encima de las diferencias y puntos de vista, sobre diversos temas, el liderazgo de la Asamblea debía seguir en Alberto. El forcejeo para que se quedara comenzó a inclinar la balanza a favor de Alberto Acosta, pero cuando él retomo la palabra las cosas volvieron a lo mismo: seguía de asambleístas, Fernando Cordero daba continuidad al proceso y así se evitaba, como lo había dicho antes y lo siguió diciendo después, imaginar una supuesta pugna de poderes.


No había para nada, como siempre se dijo en los medios y por ciertos opinadores, un consenso en el bloque. Las posiciones iban desde aceptar la renuncia hasta que se revise esa situación con el propio Rafael Correa. Y absurdamente hubo alguno que antes había hablado de aceptar la renuncia sin ninguna dilación, casi diciendo que se vaya de la misma Asamblea, y frente a Alberto lo alabó, pidió que se quedara y hasta casi llora al destacar sus virtudes.


De todos modos, hay una entrevista de Alberto Acosta, publicada el 3 de junio, 20 días antes de su renuncia, en la revista Vanguardia que revela o, por lo menos, deja ya entrever lo que está pasando en la cabeza del presidente de la Asamblea. En su estilo, Acosta suelta varias pistas sobre las posibilidades de cerrar a tiempo el trabajo constituyente, reconoce errores, explica lo que se vive en el bloque. Estuve presente en la entrevista de José Hernández y se notaba 'a leguas' cuánto tenía Alberto de desasosiego, cierta amargura y hasta desconsuelo. Al mismo tiempo, reflejaba que ya no estaba encantado con el proceso constituyente, algo le fastidiaba. Reconoció que hacía meses no iba al Buró. De hecho, hay una parte donde con absoluta claridad se revela la diferencia de fondo entre Rafael Correa y Alberto Acosta, según este último cuando dice:

“Tenemos visiones diferentes al respecto. A lo mejor tienen toda la razón y soy demasiado condescendiente y abro demasiado la puerta para el debate. Pero no voy a cambiar. No puedo cambiar mi manera de ser. A estas alturas ya no es un problema de si se está demorando la Asamblea. También hay dos visiones de liderazgo. Pero por supuesto. Somos personas que tenemos distintas formas de ver el mundo. En las cosas de fondo tenemos los mismos principios, ideales y visión del país. Pero en la forma de actuar y de gobernar tenemos visiones diferentes. Él dirige un gobierno y yo dirijo una asamblea. Él tiene una enorme vocación política por ese poder. Yo no la tengo. Yo tengo que cumplir con mi tarea de ser primero entre iguales.”

Reproduzco casi íntegra (solo las preguntas finales, sobre temas más concretos y coyunturales han sido descartadas en beneficio del sentido de este capítulo) la entrevista publicada para ambientar cómo se fue 'construyendo' la renuncia de Alberto Acosta, más allá de las declaraciones y los mismos hechos, que a la luz de lo que se ha comentado estaba por encima de un plazo o un compromiso personal.

CORREA EN EL FILO DE LA NAVAJA
Entrevista publicada en Revista Vanguardia (03-06-08)

El Presidente de la República no comparte la forma cómo el Presidente de la Asamblea maneja los tiempos y los debates. Lo ha dicho públicamente. ¿Qué responde Alberto Acosta? ¿Qué piensa él de la acción de Gobierno? ¿Por qué no se hace cargo de ella? ¿Por qué cree que el país con Correa puede ir hacia una democracia institucionalizada o hacia el autoritarismo? Vanguardia publica este documento que revela, por primera vez, algunas de las diferencias entre los dos hombres más poderosos del país.

EL GUERRERO TRANQUILO

El Presidente de la Asamblea recibe en su pequeña oficina, situada al fondo de la Sala del Pleno. Luce, como siempre, afable y tranquilo. Sonriente y de buen humor. Sin embargo, las huellas de su responsabilidad y de estos seis meses, con horarios inhumanos de trabajo, son evidentes. También de eso se ríe cuando dice que hay días que sale en calidad de toalla y que deberían llevarlo en un armador y meterlo en la cama. Para no agravar su caso, dejó de tomar café soluble.

Varias veces el Presidente públicamente le ha reclamado por no entender, según él, que debe terminar rápido la Asamblea ¿Cómo lee ese llamado de atención?

Muy mal. Yo trato de entender esa posición del compañero Rafael Correa, de mi amigo Rafael. Desde la visión que él tiene -él tiene el contexto nacional y no ve detalles- él cree que las cosas deben y pueden marchar mucho más rápidamente y que es más fácil de lo que parece. Incluso, no sé si ya te lo había dicho pero -esa es una de las diferencias- él es Presidente y puede nombrar su gabinete, ministros, secretarios, gerentes… puede nombrar hasta el alto mando de las FF.AA. Puede decirles cuando hablar, cuando no hablar, cuando reunirse y cuando no reunirse, puede cambiarlos. Yo soy presidente de una Asamblea en que todos tienen los mismos derechos y eso es diferente.

¿Quién no entiende es él?

Creo que a ratos él no se da cuenta de qué es lo que significa ser presidente de una Asamblea. Yo tengo mis atribuciones, mis facultades, puedo usarlas, puedo restringir en determinados momentos el debate, pero no mucho más. Porque ahí viene el gran dilema: la calidad del debate y cumplir los plazos.
Hay gente que este rato debe estar muy interesada en que, de alguna manera, no cumplamos los plazos y de eso hacer ya un hecho político. Claro, sería muy complicado si en esos dos meses más no terminamos.

¿Prevé esa posibilidad?

Siempre preveo todas las posibilidades, por principio. Leo mucho El arte de la guerra de Sun Tzu. Él dice que para invadir un territorio enemigo debes prever todas las calamidades que puedan sobrevenir en la experiencia. Tienes que tener todos los escenarios.

Tú no puedes saber qué es lo que puede pasar en un país donde hay tantas sorpresas de toda índole, no sólo política. Se nos puede complicar la elaboración de la Constitución.

¿Cómo resuelve el dilema calidad del debate y cumplir con los plazos?

Tomé una decisión que es compleja y me está complicando las cosas: no meter textos a segundo debate hasta no tener resuelto el tema de cómo se procesan esos textos el momento de ir a votación. Es cierto, aprobamos ya algunos textos. Yo podría tener este rato tranquilamente 100 artículos o más aprobados en segundo debate. Pero en el segundo debate hay propuestas, sugerencias, críticas, elementos que pueden ser incorporados. Pero no teníamos una forma de procesarlos adecuadamente y no creemos que deben regresar a la mesa, porque estaríamos abriendo un tercer debate.

¿Cuál es la salida?

Me he reunido ya prácticamente con todos los grupos, grandes y pequeños para conversar una propuesta de solución: que el ponente acompañado por dos personas más de la mesa, nombrados por ella, se encarguen de recibir las propuestas que hay en el segundo debate, elaboren un nuevo texto e informen a la mesa. Y esos textos serán los que se votarán en el Pleno de la Asamblea.

¿Eso agrava el retraso?

Estamos tratando de llegar a una fórmula mucho más democrática y participativa y eso me significaba horas más. Me pongo 48 horas de plazo.

Esto nos devuelve. El Presidente Correa no entiende ese retardo fruto de una visión de democracia participativa.

Somos dos personas diferentes.

Pero él le ha dicho públicamente que eso, en este momento, no conviene.

Yo diría que no es sólo el Presidente quien dice eso. Algunos compañeros del bloque tienen ese criterio y me imagino que el Presidente no ha llegado a esa conclusión simplemente porque lee los periódicos o sigue los debates. La percepción de muchos de mis compañeros es que yo debiera acortar el debate.

¿Pero cómo puedo hacerlo si la esencia de la democracia es el debate, la esencia de un proceso constituyente es la discusión y el diálogo? ¿El problema no es, entonces, de mecánica parlamentaria sino de visión?

Tenemos visiones diferentes al respecto. A lo mejor tienen toda la razón y soy demasiado condescendiente y abro demasiado la puerta para el debate. Pero no voy a cambiar. No puedo cambiar mi manera de ser. A estas alturas ya no es un problema de si se está demorando la Asamblea. También hay dos visiones de liderazgo. Pero por supuesto. Somos personas que tenemos distintas formas de ver el mundo. En las cosas de fondo tenemos los mismos principios, ideales y visión del país. Pero en la forma de actuar y de gobernar tenemos visiones diferentes. Él dirige un gobierno y yo dirijo una asamblea. Él tiene una enorme vocación política por ese poder. Yo no la tengo. Yo tengo que cumplir con mi tarea de ser primero entre iguales.

Pero hay asambleístas de Acuerdo País que dicen que usted renunció a tener un liderazgo político específico y se dedicó a tareas administrativas.

Quizás sea una percepción acertada. Pero hay que entender que no estoy liderando el bloque de Acuerdo País. Soy el presidente de la Asamblea y tengo que representar a todos los compañeros y compañeras. Luego el ser recepcionista (él recibe las delegaciones que llegan a Montecristi) más que asambleísta, limita las posibilidades de participar en las discusiones. Me hubiera gustado ser exclusivamente asambleísta, pues apenas he tenido cuatro intervenciones en el Pleno sobre temas puntuales.

¿Qué fundamenta no querer ir a ningún cargo de elección popular?

Porque creo que esa no es mi mejor faceta. Yo me creo mucho más capaz escribiendo, elaborando, discutiendo algún texto…

Ud. ha pasado 35 años luchando por una tendencia y ahora que están en el poder se quiere ir a la casa. No se entiende

Irme a la casa es un decir. Lo que no quiero es estar en un proceso electoral. No me veo nuevamente en un Congreso Nacional. Este trabajo no me gusta. Quiero un trabajo que me satisfaga.

Esa decisión se puede leer con trasfondo político. ¿Está decepcionado de lo que ha visto en su tendencia?

No, yo no diría eso porque, de todas maneras, yo seguiría apoyando la tendencia, Acuerdo País, el proyecto de gobierno. Además la fase más interesante no es la de elaborar la Constitución sino la de constitucionalizar la sociedad, la de ciudadanizar la sociedad y quiero participar en ese proceso.

¿Desde dónde?

Desde lo que he hecho siempre. Desde mi posición de pensador, analista y político. Soy una persona comprometida con procesos de cambio pero no quiero repetir un proceso legislativo.

Hay otros espacios. Las alcaldías…

Las alcaldías no me llaman la atención. Es una cuestión ya de atracción.

¿Y la Presidencia de la República?

Ese empleo tiene que ser tremendamente aburrido. Tener que dar cadenas radiales todos los sábados, tener que estar en todas las inauguraciones… ¿A qué hora lees? ¿A qué hora escribes? ¿A qué hora haces algo que tenga sentido? Veo a mi amigo Rafael que corre de arriba abajo noche y día y no tiene tiempo para muchas cosas. Tengo otra visión de la vida y además ahora soy abuelo.

Usted es un hombre desencantado.

No es el tema de desencanto.

Entonces, ¿hasta dónde se hace cargo de la acción del gobierno?

Es difícil que yo pueda hacerme cargo de las cosas en las cuales no estoy participando.

Pero usted hace parte del buró político de Acuerdo País.

Voy poco al buró por el tema del trabajo, las reuniones de buró que hemos tenido acá han sido reuniones donde se tratan temas constituyentes no políticos de gobierno. Muy rara vez se ha discutido temas políticos de gobierno.

Eso lo libera de apoyar las acciones del actual gobierno.

Ni libera ni posibilita. No conozco que se están haciendo ciertas cosas, no estoy participando ahí.

¿Quiénes, entonces, en la tendencia, evalúan la práctica gubernamental?

Esas discusiones se hacen dentro del buró político y como te digo no he ido al buró político algunas semanas. Recuerda que hemos tenido desde el 1 de marzo una época de mucha velocidad en las acciones, de mucho vértigo. El Presidente ha salido al exterior constantemente, incluso por esa razón.

Lo que ve, es lo que soñó?

No sé si es lo que soñé porque, para serte franco, hasta hace no muchos años creí que iba a ser siempre minoría de a uno. Nunca pensé que podríamos llegar a una situación como esta. El gran mérito de Rafael Correa es ese.

¿En claro, usted ya no está incidiendo fuera de la Asamblea?

Yo soy presidente de la Asamblea, y no intervengo en el resto de actividades, no tengo tiempo. He acompañado al Presidente en algunas actividades como la colocación de las primeras piedras en las represas hidroeléctricas. De alguna manera era el reconocimiento de algo que yo deje encaminado cuando fui ministro. En otras cosas hay muy pocas posibilidades de estar juntos.

Y cuando oye que su amigo está concentrando poder y que su gobierno está reeditando lo que el país hizo mal…

Para eso precisamente estamos. Para construir instituciones sólidas. La Presidencia de la República será sólida si hay un poder legislativo sólido. Y éste lo será si tenemos una función electoral adecuadamente constituida, independiente, que no sea conformada por los partidos políticos, que no haga cosas ad hoc. Esa es mi tarea. Ahora empezamos el debate sobre la participación ciudadana y el poder ciudadano. Ese es un tema fundamental para nosotros. Luego vendrá el debate sobre la Corte Constitucional que será donde podamos plasmar todas las garantías que requerimos para que esos derechos sean reales. Esa es mi tarea. No me puedes decir este rato qué opino de las carreteras si se hacen rápido o si se hacen lentamente.

Pero sí se le puede preguntar lo que piensa de la forma cómo el gobierno, que es de su tendencia, ejerce el poder.

Naturalmente que sí. Pero yo creo que estamos en este rato en una etapa de transición. Estamos estableciendo las bases, que ojala sean sólidas y democráticas, para que el gobierno pueda moverse en ese escenario. El Presidente y su gobierno están actuando con las reglas del viejo poder. Del ancien régime.

El ancien régime no era democrático.

Ni democrático ni eminentemente participativo. Ojalá nosotros hagamos algo más democrático y participativo, y no es fácil.

La impresión es que del viejo poder el presidente Rafael Correa también heredó las actitudes.

Esa ya es una percepción subjetiva que yo respeto. Algunas cosas que hace el presidente Correa, yo nunca las haría, porque yo no soy Rafael Correa. Simplemente por eso. Pero de todas maneras hago notar que hemos hecho ejercicios democráticos muy interesantes en la mesa 3, de estructura del Estado. Allí surgió toda la propuesta de la función ejecutiva. Ese texto fue hecho de nuevo íntegramente.

Antes de hablar de aquello, hay un Presidente actuando. Y hay cosas ilegales o polémicas que hace porque se le antoja. Es el caso, por ejemplo, del Superintendente de Compañías.

A pesar de que no podemos perder mucho tiempo en otras tareas, hemos alentado en la Asamblea el juicio o la investigación del ex superintendente Arellano. Incluso mandé a Arellano una comunicación cuando me enteré de que había renunciado ante el presidente Correa, indicándole que tiene que hacerlo ante la Asamblea que fue la que lo nombró.

Pero él quiere volver (esta entrevista se realizó un día antes de Que Arellano volviera por horas a su cargo)

Me parece que eso no es conveniente para el país. El señor ya renunció, ya debe irse.

Esto habla de un Presidente suelto, sin contrapoderes. Eso es lo que había previsto la tendencia.

No, de ninguna manera.

Pero la tendencia tiene un Presidente sin contrapeso alguno.

Pero porque todavía no tenemos el poder legislativo. Vamos a requerir un verdadero poder legislativo, una verdadera función judicial, una función electoral

Y no teme que cuando termine la Constitución, quede a la medida del Presidente de la República.

Sería lamentable, eso sí sería lamentable.

¿Hay esa posibilidad?

Siempre hay esa posibilidad. Ya te dije lo que se planteó para la función ejecutiva en la mesa 3, al inicio. Era una cuestión demasiada ajustada para una persona y no sólo estoy pensando en términos de Correa. Al parecer había ciertas dedicatorias. Yo no entendía muy bien cómo una persona que no ha vivido en el país 5 años está vetada de ser candidato a Presidente de la República. ¿Eso era en contra de quién? Pongan el nombre. Es una barbaridad negar esa posibilidad cuando se tienen cerca de tres millones de compatriotas fuera del país. No entendía que un hermano o hermana del Presidente pueda ser candidato. ¿En contra de quién era eso? Pongan el nombre. Son cosas que estaban ahí…

¿No cree que bajo su tendencia, el país vuelve a un régimen personal? Ya se está hablando de un nuevo caudillo.

Eso es parte del proceso de cambio. Hay un líder con una gran personalidad y que se sabe que tiene la capacidad de llevar adelante este proceso con una cantidad de personas, porque no es él sólo, y que está en el filo de la navaja. Como Presidente está en el filo de la navaja. Él lidera este proceso hacia una institucionalización democrática o puede llevarnos también a una cuestión más autoritaria, lo cual sería lamentable.

¿Nada está definitivamente jugado?

Estamos en la etapa de transición. Terminemos la Constitución y reconstitucionalicemos el país.

¿Cuál es su fórmula para asegurar que el país opte por la buena vía?

Apropiarse de los elementos de la Constitución.

¿Y cómo con un Presidente todopoderoso que marginaliza y ridiculiza las opiniones distintas a la suyas?

Bueno, esa es su manera de ser. Como Presidente, sea el presidente Correa o cualquier Presidente de la República, lo primero que va a tener que entender es que hay que respetar la Constitución. La Constitución es para él y para todos los ciudadanos. Por eso yo alguna vez decía que no nos interesa tener una nueva Constitución. La Constitución tiene que ser nuestra. Cuando entendamos cuáles son las herramientas democráticas que nos da la Constitución, podremos poner los límites al Presidente, al Legislativo y a las distintas funciones.

¿Pero no será una Constitución hiperpresidencialista?

No, desmontamos el hiperpresidencialismo. Creo que en algunas cosas hay que fortalecer la función ejecutiva pero en otras, la función legislativa.

¿A qué hace referencia cuando dice que desmontaron el hiperpresldencialismo latente en la mesa tres?

Al texto inicial que había sobre la función ejecutiva y que se iba a presentar a primer debate. Llegó un texto mucho más morigerado, mucho más reducidos los rasgos de hiperpresidencialismo, en algunos sentidos, muy flojo porque no pudieron cambiar todo.

¿Lo que está diciendo es que hay asambleístas que quisieran que la Constitución tenga nombre y apellido?

A ratos creo que hay algo así. A ratos creo que hay personas que quieren congraciarse con alguien o que están esperando a ver si esto que estamos elaborando está o no a tono con tal o cual expectativa de cierto sector o cierto grupo. Pero también hay algo así del otro lado, porque todos los intereses individuales o colectivos se plasman este rato en la Asamblea.

¿El perfil presidencial que pudiera quedar en la Constitución no riñe con aquello que el Presidente ya implantó en el país. Con su manera de ser, de concebir la ley y el debate público?

El tema del debate público y de las formas es cuestión que va más allá de la Constitución. Es la personalidad de Correa. Correa es Correa y no podemos cambiarle este rato. Es una persona que tiene un gran entusiasmo, una pasión por la patria, tiene muy arraigado el sentido de la urgencia. Y es además una persona muy sensible. ¿Cuántas veces reconoce (errores) y pide disculpas?

¿No hay un exceso de lealtad suya con el Presidente; lealtad que en este momento de transición no ayuda a calibrar los roles ni a reinstitucionalizar el país?

La amistad es uno de los valores más grandes en la vida. Cuando le digo a una persona que es mi amigo, eso implica mucho. Incluso la posibilidad de decirle, las veces que sean necesarias, que se ha equivocado y que ha cometido errores. Muchas veces esas cosas las digo privadamente porque no necesariamente quiero hacerle daño al amigo. Así que descuida, han sido muchas las veces que he hablado con Rafael y que le he dicho las cosas. En determinadas ocasiones, quizás, no en forma adecuada y eso ha generado ciertas tensiones, pero de ahí a que sea amigo y me calle, es una cosa muy diferente.

¿Cuál es su grado de incidencia en la visión que el Presidente maneja?

Yo creo que un buen grado de incidencia en la medida de las pocas veces que estamos juntos. Hay ocasiones en que hemos conversado íntimamente y otras en las que hemos tenido demasiadas tensiones. Pero es obvio, entendible. Mi lealtad además no es solamente con una persona es con un proyecto, con un proceso.

¿Pero qué queda de ese proceso?

Para mí, el proceso está en marcha. Es un proceso de pedagogías múltiples, individuales y colectivas. Pedagogías en el proceso de construcción de la Constitución.

Se puede hablar de pedagogías cuando se quiere aprender. Nadie ve al Presidente en esa actitud.

Yo sí creo que aprende. Parece que es muy rudo para aprender pero el presidente
Correa aprende constantemente. Es la pasión por la patria que él tiene…

Sus pedagogías son exactamente lo contrario de la democracia participativa que usted preconiza.

En algunas intervenciones sí le veo como ese maestro que está transmitiendo a la sociedad una serie de valores, de propuestas, los ejes fundamentales para el cambio. Hay ciertas cosas que yo no las haría…

¿Cómo cuáles?

Como marginalizar a alguien, como ridiculizar a alguien, yo no lo haría nunca. Llegar a calificar a alguien en un tono o en una forma despectiva, procuro no hacerlo ni en privado, menos aún en público. Yo mantengo mi posición política e ideológica muy clara pero creo que hay que respetar a todos. Creo que eso es incluso algo fundamental para dirigir una Asamblea tan disímil como ésta. Cada asambleísta es una personalidad completamente diferente y eso implica, entonces, un tratamiento específico y muy respetuoso a cada uno de ellos. Que en algún momento haya estado cansado y no le haya dado toda la atención a alguno, puede haber sucedido. Por eso mismo, y no por prepotencia, no doy entrevistas a quienquiera que venga. Sólo doy una rueda de prensa a la semana, los jueves.

Algunos coidearios suyos se quejan de que no sale a defender tesis y a animar públicamente el debate constituyente.

Voy a tener que salir un poco más, pero este rato todavía no es el momento. Tengo que terminar todavía de juntar la mayoría de las piezas del rompecabezas constituyente. Entretanto, veo el riesgo de que cada periodista, cuando salgo, me ponga una grabadora y comience a responder cosas que no están coherentemente elaboradas. Tengo que ser responsable con el cargo que tengo, con la función que desempeño.

Hasta aquí la entrevista.


Pero si se lee con detenimiento la renuncia de Alberto, leída el 24 de junio, por la mañana, ante el pleno de la Asamblea, bien se pueden colegir algunas incoherencias, puntos no aclarados, pistas o destellos de que hay un Alberto Acosta complejo, ¿el nada político que quiere que las cosas salga a su modo y no de otro, sin negociación ni pérdida? De hecho, en la entrevista con Vanguardia, reproducida anteriormente, reconoce que en algún momento tuvo frente a Correa palabras no adecuadas: “...han sido muchas las veces que he hablado con Rafael y que le he dicho las cosas. En determinadas ocasiones, quizás, no en forma adecuada y eso ha generado ciertas tensiones, pero de ahí a que sea amigo y me calle, es una cosa muy diferente”.

Por ejemplo, en la carta de renuncia señala que “no hemos escatimado el tiempo para el trabajo”. Sí y no. Él y una veintena de asambleístas dieron todo, entregaron todo, pero muchos no. Hubo el caso de una asambleísta al que se le tuvo que sacar de la playa para que vaya a votar en el pleno. ¿Era más importante su cuerpo y su figura antes que las decisiones constituyentes? Fernando Cordero repitió infinidad de veces que el único enemigo, para una amplia mayoría como la que tuvo PAIS, fue el tiempo. Algunos asambleístas menospreciaron el valor del tiempo. Y Alberto es testigo de que no todos hicieron su trabajo con plena responsabilidad, que algunos prefirieron las mesas itinerantes para promoción personal y política. Eso que Correa llama agendas propias, en algunos era pensar que en su provincia debía estar casi todos los fines de semana sino al regresar nadie votaría por él o por ella. La mayoría de la oposición no trabajó con responsabilidad, salvo contadísimos casos. De hecho esos asambleístas que tenían negocios particulares, despachaban, con asistentes y asesores pagados por la Asamblea, desde la misma curul o oficina, sin darle toda la atención a la elaboración del texto constitucional. Y algunos de PAIS creyeron, incluso, que ya estaba hecha la Constitución. Tanto que en reiteradas ocasiones, Alberto y Fernando Cordero les recordaron que “hay que hacer la Constitución”, que no estaba hecha ni nadie les iba a dar haciendo.

Es más, 'Corcho' Cordero le escribe una carta a Alberto Acosta, el 21 de junio, donde le explica que los artículos están listos, que prácticamente todo está solo por pasar por los informes de primero a segundo debate, pero no había esos informes y por tanto no se podía convocar a plenos para decidir. Y además, que se considerara bien eso de aplazar el cierre.
Pero hubo días enteros que no había textos para convocar a plenos, porque las mesas no terminaban, según lo explica Fernando Cordero en la entrevista que se incluye en este libro. Por tanto, Alberto no solo tenía la presión del buró, de Rafael Correa, hablando los sábados, de los medios de comunicación, sino de la inexistencia de material constituyente para llenar el orden del día de los plenarios. Esa era su dolor de cabeza en muchos días y semanas antes de renunciar. Tan es así que un día me pidió reunir a la prensa para hacer un recorrido por las mesas y comprobó que algunas no estaban trabajando y habló de multar a los que no laboraban. Ese día lo ví mal, inmensamente preocupado. Incluso llamó por teléfono a unos dos o tres presidentes o presidentas de mesa para saber qué estaban haciendo. Y para peor: los que más le criticaron y cuestionaron, hasta se alegraron de su renuncia, ¿no fueron los que no aportaron con responsabilidad o hacían política proselitista en vez de aportes constitucionales? ¿Los de la oposición que llegaban, firmaban el registro y se iban, no son los que le pedían a Alberto más debate en los plenos para lucirse ante las cámaras? ¿No fue un asambleísta de derecha el que más habló, cerca de 92 intervenciones, en los plenos y 'robó' tiempo para lo que era medular: aprobar artículos constitucionales? ¿Y no fue un asambleísta el que se 'comió' un día de sesión, ya bajo la presidencia de Cordero, porque demandaba más tiempo y como no se le concedió se cosió la boca?

Y sobre lo que varias veces insistió y ha insistido Alberto para justificar su renuncia, cuando en el texto de la misma señala: “Por eso no creo que se deba sacrificar el debate, la deliberación, la apropiación e identificación con el proceso, la claridad y la calidad de los textos, a la premura de los tiempos”. Entonces surgen las preguntas, mis preguntas y las de algunos que, en silencio o en los pasillos, las hacían para ahondar en el dilema de la prórroga:

¿Con quién había que debatir? ¿Con el bloque? ¿Con quién del bloque? ¿Con la oposición? ¿Con quién de la oposición? ¿Con Sociedad Patriótica que no esperaba sino un minuto por fuera del plazo para anular todo el proceso constituyente? ¿Con Pablo Lucio Paredes que en su libro comenta los errores de la planificación? Todo ese debate, según Alberto, pendiente o por favorecer la calidad de los textos, ¿hasta cuándo podía extenderse? ¿Hasta el 2 de septiembre como se había calculado en algún momento en la planificación del Corcho?

Al explicar por qué esa apertura al debate, en una entrevista con Vanguardia, el 1 de julio, ante la afirmación del periodista de que “el presidente dijo que usted le dio mucho la palabra a la oposición y después dijo que hacen la Constitución únicamente los que ganaron la elección…”, Acosta responde:

“No, la Constitución tiene que ser de todos y ahí hay un punto de vista diferente con Rafael Correa. Yo no concibo una democracia sin oposición. Si la oposición no tiene la oportunidad de expresarse, si no reconocemos, respetamos y alentamos la capacidad de respuesta que tiene que dar el otro o los otros, en relaciones horizontales de equidad, no se puede construir democracia. No sólo es cuestión de decir como tengo el número de votos suficientes, impongo. Hay que tener los argumentos suficientes para convencer. Creo que ese es uno de los elementos fuertes de la democracia. Sé que mucha gente me critica esa posición, pero así soy yo.”

En varias ocasiones, Alberto luchó porque la votación superara los 80 de PAIS o los 94 que sumaba con los aliados. Para él era un signo vital que muchos artículos se aprobaran por una mayoría abrumadora, donde se incluyan los de la oposición. Sin embargo, ese válido anhelo chocaba contra posiciones políticas que iban más allá del beneficio que implicaba una Constitución incluyente, como ocurrió con María Cristina Kronfle, del PSC, quien actuó como una más de PAIS y recibió apoyo de este bloque, en particular, para todo y todo el tiempo del propio Alberto Acosta, en sus tesis sobre los derechos de las personas con discapacidad y en el articulado que sobre el tema aprobó la mayoría y sin embargo, votó en contra en la sesión final.

Apelando a la participación, ¿de quién era la apropiación de la que habla Alberto? ¿Con las organizaciones que ya solo esperaban un texto para apoyar, criticar o negarlo? Lo posible estaba reñido, en ese momento, con lo ideal. La gente ya no iba por aportar, llegaban solo los afectados, los 'perjudicados', como la marcha de Pro Vida, que días después exhibiría carteles morbosos para cuestionar lo que no estaba en el texto constitucional y que sirvió de base para la campaña por el NO.
A mi modo de ver, la apropiación ya estaba en la gente y muchas organizaciones y dirigentes delegaron la redacción a los asambleístas a la espera de ver el texto final y abrir el debate sobre lo escrito, no sobre lo que se especulaba, publicaban los medios. Incluso, bastaría revisar en la web de la Asamblea el apoyo de la ciudadanía cuando vio por primera vez el capítulo de soberanía y comprobó que constitucionalmente no podían haber más bases militares extranjeras. Y como ese caso hubo otros. Lástima que el debate giraba públicamente desde los cuestionamientos de los medios y no desde los apoyos de la gente, reflejados en los correos y los mensajes en la web, por solo señalar una evidencia.
El otro gran mérito de Alberto Acosta, aunque él se autodenominaba recepcionista, fue atender a todas las delegaciones que llegaban a Montecristi. Incluso, quiso escuchar a Jaime Nebot. Para eso, junto a Fernando Cordero habíamos acordado anticiparnos y llegar a la reunión de la Asociación de Municipalidades Ecuatorianas, para bloquear todo intento de escándalo en Montecristi. Por eso, cuando se supo del bloqueo en la zona de La Cadena, ordenado por Ricardo Patiño, hubo no solo molestia, sino rabia en Alberto. Entonces, todo el proceso de recepción y atención a la ciudadanía ya se había agotado en la plaza de Montecristi, en las mismas mesas constituyentes, en las mesas itinerantes.

La ciudadanía quería ver la Constitución.

Sobre la claridad de los textos si hay un error colectivo, que ni la premura del tiempo ni las circunstancias políticas podían dejar pasar: la conformación de la Comisión de Redacción. Había llegado junio y no estaba conformada, los nombres estaban en la mente de Alberto, en nadie más. En algún momento habló de Julio César Trujillo, Nicolás Parducci, Ximena Endara, Agustín Grijalva, Susana Cordero de Espinosa, Tarquino Orellana, Ramiro Ávila y Marena Briones. Esa Comisión, luego se evidenció, debió empezar a trabajar desde enero o máximo febrero para acompañar a las mesas en la redacción de los textos. Claro que también no habrían tenido mucho porque algunas mesas no tenía, hasta esos meses, ni un solo artículo redactado. Sin embargo, habría sido de gran ayuda constitucional, jurídica, gramatical, semántica, etc. Con todo, ¿a qué se alude con la claridad de los textos? ¿Qué tiempo hacía falta para ello? ¿Con qué metodología se iría revisando los artículos de modo que pudieran tener coherencia con el conjunto y una formalidad jurídica que no diera paso luego a malas interpretaciones?

En otra parte de la renuncia señala: “Esta disposición y posición personal, de no sacrificar el debate por la premura del plazo, no es compartida en sus alcances y con lo que ellos significa en tiempos, por la mayoría de la cúpula de Acuerdo PAIS...”. Entonces, uno comienza a preguntarse una serie de cosas que estaban en el debate en ese momento: ¿Dónde estaba el bloque? En otra entrevista de la revista Vanguardia reconoce como un error no haber consultado primero con el bloque la posibilidad de su renuncia. ¿La cúpula lo era todo? ¿En qué momento se generó el espacio para este tipo de discusiones dentro del bloque? Pero además, no era un problema del bloque de PAIS. ¿Qué opinaban de esto el resto de asambleístas aliados y opositores? ¿No tenía que ser una discusión interna del bloque primero, para consensuar y luego tomar medidas? Y luego, ¿no era dable cabildear políticamente con la oposición para saber hasta dónde era posible estirar el plazo?

La ausencia de un jefe de bloque, ¿no fue otro motivo para la imposibilidad de generar mejores acuerdos dentro de PAIS? La primera instancia de coordinación que se creó adoleció de todo liderazgo, capacidad de conducción y hasta de visión sobre lo que en realidad era la Asamblea para la gente y para el Ecuador. Alberto Acosta era presidente de la Asamblea, jefe de bloque y el nexo con el Buró. Y no le alcanzaba el tiempo. Cuando se nombra a Galo Borja, ya al final del proceso hay un flujo más dinámico para resolver conflictos, definir los votos, llamar a votar a los asambleístas 'distraídos' en otras cosas, permear los roces y diferencias, etc.

Entre los periodistas y asesores que filtraban información era evidente que la oposición quería irse. Mientras más pronto mejor. Y si era posible haciendo un escándalo, como ocurrió la noche del 25 de junio, cuando Leonardo Viteri quiso imponerse como segundo vicepresidente, en medio de un escándalo rídiculo, con apoyo de manabitas que fueron confundidos con que se estaba quitando representación a esa provincia al no aceptar la candidatura de Viteri.

Algunos periodistas, asesores, asambleístas y empleados de la Asamblea proporcionaban regularmente datos de las acciones que la oposición realizaba, incluido uno que otro de la misma oposición. Una de ellas fue la reunión de la noche del 12 de junio, a propósito de un cumpleaños, entre varios asambleístas de Sociedad Patriótica, Prian, PSC, entre otros, en el hotel Oro Verde de Manta. Allí, entre risas y tragos, propusieron boicotear la aprobación de los artículos constitucionales para no cumplir con el plazo. Es más, se especuló con la posibilidad de la salida de algunos de PAIS. Por eso, cuando Alberto Acosta no fue a Montecristi el 18 de junio y el 19 del mismo mes por la mañana, Galo Lara advertía que se estaba desmoronando PAIS y que algo pasaba. El boicot consistía en no dar quorum en las mesas, apelar los procedimientos, generar acciones de escándalo para interrumpir las sesiones, entre las que más se discutió. Claro, no hubo consenso, ni acuerdo tácito. Sin embargo, en la mente y en la acción de algunos saltaba, de rato en rato, ese compromiso, evidentemente político para impedir de cualquier modo la elaboración de una Constitución que no era de su agrado.

Por último, en la carta de renuncia señalaba Alberto Acosta que el ejercicio del poder embrutece. Y ahí fue fiel a algo que desde el arranque de la Asamblea estaba en juego y no se había definido: ¿Por qué aceptó la presidencia si esa no era su aspiración y mucho menos de su agrado, como lo comentan algunas personas? Alberto ha sido y será reacio a los rituales del poder, a las consecuencias del ejercicio del poder, a las necesidades de ejercer el poder con quien no está de acuerdo y con quien tiene que hablar por obligación. Él mismo habría confesado varias ocasiones antes de la instalación de la Asamblea que no le interesaba “para nada” ser el hombre más poderoso, que solo quería ser un asambleísta más, como lo reitera en su renuncia. Tanto es así que en determinado momento sufrió el “Mal del Escribano”: su mano no podía firmar ningún documento. Practicaba la firma. Sufría para rubricar cualquier documento. ¿Síntoma de su necesidad de no comprometerse con el cargo al que se le había 'obligado' por la fuerza de las circunstancias?

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